Mujo; impermanencia: La gran contradicción humana
Somos el ser humano un animal de contradicciones. Nos pasamos toda una vida disimulando y procurando evitar aquello que, en el fondo, resulta evidente.
Quizás este empeño por ignorar que todo es un sueño, que vivimos para un día abandonar este mundo y todo lo que amamos y odiamos, que nada permanece, sino que todo está sometido al continuo cambio, a la impermanencia, sea precisamente el origen de nuestra gran contradicción.
Esta verdad, aterradora para quienes creen que pueden ser inmortales, es la que, en última instancia, comanda nuestra obstinación por escapar de lo evidente. Y sobre esta huida se construye nuestro mundo llamado progresista, con su infinita variedad de versiones acomodadas.
Necesitamos detener esta carrera contra lo evidente y asumir la impermanencia. Solo entonces podemos reconciliarnos con la muerte y, paradójicamente, también con la vida. Solo entonces dejamos de huir del infinito y podemos encontrar la paz.
Desde ahí podemos comprender más profundamente que todos los atajos que buscamos para escapar del infinito son, en realidad, formas de negar la impermanencia y de evitar el sentimiento de vacío que produce en nuestro ego la inconsistencia de la vida.
Esta es la gran contradicción del ser humano, quizá más evidente que nunca en nuestros días.
Curiosamente, cuanto más huimos, más nos cargamos de resistencias y más pesada se vuelve nuestra carga con cada huida cada día que pasa. La vida se vuelve penosa precisamente porque nuestra contradicción fundamental se hace cada vez mayor.
Y cuanto más evidente se hace, más paradójicamente la ignoramos. Sin consciencia, sin percatarse de que nos introducimos cada vez más profundamente en nuestra propia trampa, alimentamos nuestra contradicción cada vez que buscamos nuevos subterfugios para escapar de ella.
Este es uno de los hechos fundamentales sobre los que se construye la enseñanza de Buda: la impermanencia no como un problema que tengamos que resolver, sino una realidad que necesitamos ver.
Dicho de otra forma: despertar es darnos cuenta de la gran contradicción y dejar de vivir bajo la fantasía de que somos inmortales.
El sufrimiento, dukkha, aparece precisamente en nuestra relación con esta realidad. No porque la vida sea impermanente, sino porque en la contradicción nos resistimos a que lo sea. Porque queremos retener aquello que cambia, conservar aquello que desaparece y encontrar permanencia allí donde no puede haberla. De esta forma nos mantenemos atrapados en la rueda samsárica del sufrimiento; y tanhā, la obstinación por la contradicción fundamental mantiene viva esta huida constante que va cargando progresivamente nuestra vida de una angustia existencial.
Ignorar la impermanencia y buscar un yo permanente hace que el ser humano corra constantemente detrás de una zanahoria que nunca alcanza y que nunca podrá alcanzar. Porque esa zanahoria no es más que una construcción de la mente, una ilusión creada para mantenernos ocupados mientras evitamos mirar aquello, la propia vida, que está sucediendo delante de nuestros propios ojos.

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