La Fe Certera: Una Visión Del Ser

    

Primera visión o aproximación a la fe espiritual

Podemos distinguir, al menos de forma orientativa, dos maneras de comprender la fe. La primera es la fe dogmática, que se apoya principalmente en creencias, doctrinas, tradiciones o afirmaciones aceptadas por autoridad. Esta forma de fe puede ofrecer orientación y pertenencia, pero también puede convertirse en una adhesión meramente intelectual o en una defensa rígida de determinadas ideas, como bien podemos verlo a lo largo de la historia.

    La segunda es la fe que nace de la experiencia espiritual. No surge tanto de creer algo porque otros lo afirman, sino de un contacto íntimo y vivencial con aquello que las diferentes tradiciones han denominado Espíritu, Naturaleza Despierta, Tao, Dios o Buda. En este caso, la fe no consiste principalmente en aceptar una serie de conceptos, sino en practicar,  investigar, reconocer y confiar en una realidad que se manifiesta directamente en la propia experiencia como una certeza objetivamente nacida de la experiencia.

    Desde esta perspectiva, la fe no es lo opuesto a la duda. Más bien, la duda y la investigación sincera pueden formar parte del camino que conduce a una confianza más profunda. La fe deja entonces de ser una certeza rígida para convertirse en una apertura, una disposición a permanecer en relación a algo que nos trasciende y, al mismo tiempo, constituye y pertenece a nuestra naturaleza íntima.

    Así entendida, la fe aparece como un hecho de unidad. No se trata de creer en algo separado de nosotros, sino de despertar progresivamente a una dimensión de la existencia en la que desaparece la sensación de separación entre uno mismo y la realidad. Las distintas tradiciones espirituales han expresado esta intuición con lenguajes diversos: unión con Dios, realización de la naturaleza de Buda, armonía con el Tao o reconocimiento del Espíritu. Aunque los nombres sean distintos, todos ellos apuntan hacia una experiencia fundamental de unificación, integración y despertar.

    En este sentido, la fe espiritual puede entenderse como la confianza nacida de la experiencia y no simplemente como la aceptación de una idea. Es una confianza que no excluye la incertidumbre, que no necesita imponerse a otros y que se renueva continuamente en la práctica, en el silencio y en la vida cotidiana. Más que una posesión, la fe se convierte en una forma de habitar el misterio de la propia existencia.    

La fe como un proceso con tres fases,  desde la perspectiva del Zen

1. La fe del principiante: la aproximación del pequeño yo

En un primer momento aparece el observador, es decir, la aproximación desde nuestro pequeño yo. Es la fe del principiante, una fe todavía lógica y experimental, que se acerca a aquello que puede ser comprobado por la propia experiencia.

Aunque aún no exista una realización profunda y congruente, sí puede aparecer una cierta intuición o lógica de aproximación. Por ejemplo, descubrir que al alejarnos del ruido y permanecer en silencio se produce una transformación en nuestra manera de percibir la realidad. Esta primera fe no nace de una creencia ciega, sino de una confianza inicial sustentada en pequeñas verificaciones y en la disposición a recorrer el camino.

2. La fe del practicante: la experiencia y el peligro del dogma

Con la práctica aparece el "observador". La fe del practicante se fundamenta en las certezas que van surgiendo gracias a una disposición correcta y a una práctica justa o adecuada. De esta experiencia nace el cuerpo doctrinal o «dogmático» de las tradiciones espirituales. En su origen, el dogma no es una teoría abstracta, sino la expresión de una experiencia viva.

    Sin embargo, aquí surge también un peligro: que la experiencia cristalice en una verdad rígida y que uno llegue a confundir las enseñanzas con la realización misma. En palabras del Zen, existe el riesgo de creer que «el dedo que señala la luna es la luna». La teoría, los conceptos o las formulaciones doctrinales pueden ser valiosos, pero no constituyen por sí mismos el despertar. Hay que poner mucha atención en no caer ni en la trampa del dogma ni de la comodidad de crear una fe adaptada a nuestro gusto y comodidad.

    Por ello, la Comprensión Justa conduce repetidamente de nuevo al abandono y a la práctica de zazen, a una actitud de desapego incluso respecto de lo conocido y de aquello que anteriormente habíamos convertido en certeza.

3. La fe de la no separación

En una fase más profunda, la fe se revela como un proceso creativo en el que descubrimos que aquel que buscaba está siendo buscado. Es entonces cuando buscador y buscado, observador y observado, pequeña conciencia y Consciencia, se encuentran como una única realidad viva y dinámica.

    La fe deja de ser una creencia o una experiencia particular para convertirse en participación. Ya no se trata de alcanzar algo externo, sino de reconocer una unidad que se manifiesta continuamente.

En esta tercera etapa de realización la fé nace como: 

Un hecho creativo y participativo, y como realización del Dharma sin huella

La fe requiere una visión íntegra de lo que somos. Esta visión permite vivificar la experiencia de la existencia como un acontecimiento que nos trasciende constantemente y que, al mismo tiempo, revela un potencial y una sabiduría que no pertenecen exclusivamente al pequeño yo.  

    Aquí nace la escucha profunda qué nos permite reconocer cómo si la consciencia nos hablara como un maestro interno.

    Desde esta perspectiva, la fe no es una posesión ni una certeza definitiva, sino una participación continua en el misterio de la vida. Es un hecho creador y creativo, una apertura permanente a aquello que se está manifestando momento a momento.

La fe como realización del Dharma

Cuando las dos primeras visiones de la fe —la confianza inicial y la experiencia del practicante— han sido integradas y trascendidas, surge una forma distinta de creación. Ya no es el pequeño yo quien pretende crear o dirigir la realidad, sino que la acción creadora se manifiesta como expresión del Dharma.

    Entonces, la voluntad personal deja progresivamente su protagonismo y aparece lo que podríamos llamar la Voluntad del Ser, como un latido qué surge de lo más profundo. No como algo separado de nosotros, sino como la expresión natural de la Vía misma.

    Así, la fe no consiste tanto en creer, sino en participar. No consiste tanto en poseer la verdad, sino en dejarse vivir por ella. Y, en último término, la fe puede ser precisamente eso: la certeza silenciosa en que la Vía se realiza a sí misma a través de nosotros, y donde uno mismo se "abandona" a la certeza de sus designios: la fe certera.


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