La Atención Plena
Fundamentalmente, nos aproximamos a la experiencia perceptiva desde una lógica y un modo de funcionamiento convencionales, basados en una dualidad básica de estímulo–reacción. A esta forma de operar podemos llamarla mente reactiva. Repetida en el tiempo, se convierte en una mecánica automatizada que no escucha al cuerpo orgánico y, de cierta forma, pasa por encima de él: lo somete. Y al hacerlo, somete también la experiencia, encerrándola en una fracción muy limitada de las posibilidades que ofrece la red orgánica global.
En zazen, sin embargo, se trata de parar el funcionamiento de la mente reactiva frente al estímulo: dejarlo pasar, observarlo sin juicio y, de algún modo, olvidarnos también de nosotros mismos en ese proceso. Es aquí donde el campo perceptivo comienza a abrirse a una experiencia nueva, y la mente como una ampliación del organismo, puede acceder a otros espacios de su amplitud.
La mente reactiva limita la experiencia y, con ello, cierra el campo orgánico que participa en la percepción. En la infancia, cuando este campo permanece abierto, la experiencia conduce de manera natural a una vivencia expandida. El niño habita el mundo sin la rigidez de la reacción automática, permitiendo que el cuerpo y la percepción formen una unidad viva.
La experiencia expandida es, en este sentido, una exploración a nivel subconsciente de redes neuronales profundamente conectadas con el cuerpo, entendido como un territorio vasto que participa activamente en la experiencia perceptiva. No se trata solo de “ver más”, sino de habitar la percepción desde una totalidad más amplia.
¿Cómo comenzamos a entrenarnos en este cambio de paradigma perceptivo, que va desde la mente reactiva —al soltarla— hacia una experiencia expandida? Zazen es la base y la clave.
En zazen se establece el fundamento de la contemplación como un acercamiento a nuestra totalidad. Al introducir un stop en la mente reactiva, pasamos a un estado de observación abierta, donde la percepción se expande recorriendo circuitos neuronales y orgánicos. Es esto lo que posibilita la vivencia de una sensación de novedad, también de un emerger de elementos subconscientes que se acompaña de una respuesta orgánica profunda.
Podríamos decir que aquí comienza a revelarse la “magia” de este extraordinario del misterio que somos: cuerpo, mente y corazón funcionando como una unidad indivisible.
Desde una perspectiva científica contemporánea, la experiencia ya no se entiende como un proceso exclusivamente mental ni como una simple respuesta cerebral a estímulos externos. Diversas corrientes en neurociencia, ciencias cognitivas y fenomenología coinciden en que la percepción es un proceso encarnado, distribuido y participativo, donde cerebro, cuerpo y entorno forman una unidad dinámica inseparable. La experiencia surge de la activación conjunta de redes neuronales, orgánicas y afectivas, y se expande o se contrae según el modo de atención y de relación que el organismo establece con el mundo.
Cuando predomina un funcionamiento reactivo basado en la dualidad estímulo–respuesta, el campo experiencial se reduce y se rigidiza, limitando la participación del cuerpo vivido y empobreciendo la percepción. En cambio, al suspender la reacción automática y abrir una atención no instrumental —como ocurre en la práctica de zazen— se habilitan estados de observación abierta en los que la experiencia deja de estar centrada en un “yo” controlador y se convierte en un proceso de co-emergencia organismo–entorno. En estos estados, la percepción no se limita a representar la realidad, sino que la habita, activando circuitos neuronales y orgánicos habitualmente silenciados.
Desde este enfoque, lo que puede llamarse experiencia expandida no implica añadir contenidos extraordinarios a la conciencia, sino permitir una participación más amplia de la totalidad cuerpo–mente en el acto perceptivo. La experiencia se vuelve así menos fragmentada, menos dual, y más integrada, revelando una forma de conocimiento que no se apoya exclusivamente en la mente reactiva, sino en la inteligencia viva del organismo en su conjunto.
Y lo más paradójico de esta expansión de la experiencia es qué sucede sin esfuerzo, precisamente cuando dejamos el personaje automatizado, se abren automáticamente límites qué podemos atravesar de forma natural. No sé trata de subir un peldaño más en la escala productiva, sino de volver y abrirse a una sabiduría qué permanece en el campo orgánico y espiritual como el corazón de la atención plena.
Doryu Xabier

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