Manifiesto del Dharma

 Manifiesto 

Este texto nace de una afirmación esencial del Buda: que el Dharma sea nuestra isla y nuestra lámpara. No como consigna espiritual, sino como un principio de soberanía interior. Allí donde el refugio se deposita en una figura externa —un gurú, un maestro, una autoridad— comienza una cesión de responsabilidad sobre la propia realización.

Esto no niega la transmisión ni el valor de la comunidad. El camino no se recorre en aislamiento. La sangha es el espacio donde la práctica se sostiene, se contrasta y se cuida. Nadie despierta por otro, pero nadie camina solo. La comunidad no sustituye al Dharma: lo protege y lo mantiene vivo.

El problema no es la guía, sino la idolatría. Cuando una persona ocupa el lugar del Dharma, la práctica se rigidiza y la libertad se pierde. Cuando el Dharma ocupa el centro, la autoridad deja de ser personal y se vuelve funcional, al servicio del despertar y no del poder.

Afirmar que el Dharma es nuestra isla y nuestra lámpara es un acto de madurez compartida. Significa asumir la responsabilidad de ver por uno mismo, sin delegar la verdad, y al mismo tiempo caminar en relación, con humildad y apoyo mutuo. El Dharma no crea seguidores, sino practicantes libres y responsables.

----------------------------------

Dharma nuestra isla, refugio y lampara

El Buda, en su última enseñanza, nos insta a que el Dharma sea nuestra isla y nuestro refugio, y no otra cosa. Fue muy claro. De cierta forma, nos está diciendo que ni una deidad ni una persona pueden sustituir o suplantar al Dharma. El Dharma es la enseñanza que nos conduce a la realización.

Este punto fue clave en el cambio de paradigma que se vivió en los tiempos del Buda, cuando la religión dogmática y los brahmanes ocupaban el centro de la vida espiritual. El Dharma era entonces una herramienta en manos de unos pocos, quedando expuesto a sus interpretaciones y a sus intereses.

Sin embargo, el Dharma enseñado por Buda llevado a la práctica es suficiente para abrir un verdadero camino de despertar.

Existe un Dharma vivo que se encarna en la práctica sincera: sin juicio, sin dogma, sin idolatría. La práctica de zazen, transmitida silenciosamente de persona a persona, de corazón a corazón, representa la quintaesencia silenciosa del Dharma del Buda.

Desde la óptica del zen, zazen representa el corpus completo de la enseñanza del Buda: el Noble Óctuple Sendero. El primero de estos senderos es el Entendimiento Justo: reconocer que la vida, tal como suele ser vivida, es una ilusión que nos distrae y nos entretiene, alejándonos de nuestra verdadera naturaleza despierta.

Para darnos cuenta de esa naturaleza despierta, necesitamos sintonizar con la frecuencia profunda de la vida, ciertamente soterrada y olvidada. Al perseguir objetivos superficiales y no contemplar la impermanencia como un hecho fundamental de la existencia, permanecemos atrapados persiguiendo cada momento qué se nos ofrece de manera efímera.

Tarde o temprano, debemos afrontar tres asuntos básicos de esta existencia finita: la enfermedad, la vejez y la muerte. Estos hechos existenciales nos conducen inevitablemente a un plano más profundo de la vida: el desapego, la desidentificación con lo ilusorio y lo impermanente. Es este abandono el que nos permite ver más allá de las apariencias y reconocer nuestro verdadero rostro.

En este sentido, la manera en que habitamos nuestro propio cuerpo y nuestro mundo interno constituye el punto inicial para contemplar la existencia. En esta dirección, zazen nos permite ir más allá: cuando soltamos los límites y dejamos pasar, comenzamos a habitar zonas de nuestro cuerpo, de nuestra mente y la propia existencia que antes no habían sido recorridas, algo que el niño, en su mente infantil, realiza de manera natural y constante.

Ahora bien, sin caer en una práctica excesivamente austera o mortificante —en la que estos hechos radicales colapsan la vida—, necesitamos afrontarlos de una manera amable, consciente e integradora. Así, en la práctica de zazen, la impermanencia y el desapego se convierten en parte natural y esencial del camino, uno que nos conduce a una experiencia expandida de la vida —más allá de nuestros límites, dejar pasar— y a una comprensión más profunda de lo que puede significar la muerte.

Y, en este sentido, la práctica puede parecer radical, más aún en una sociedad como la nuestra, donde el bienestar se ha confundido con una especie de hipnosis hedonista que evita cualquier atisbo de dolor y que, paradójicamente, termina siendo el germen del verdadero sufrimiento.

En última instancia, no se trata de creer ni de comprender intelectualmente, sino de sentarse en zazen y practicar. Cuando el Dharma deja de ser una idea y se vuelve experiencia viva —zazen— ya no necesitamos refugios externos. Solo queda el instante, plenamente habitado.

Si te gustó el post, deja un comentario para poder seguir creando contenido de interés. Gracias!

Doryu Xabier



Comentarios

Entradas populares de este blog

Meditacion de disolución de personaje -ego-

5° día sesshin -conocimiento silencioso-

Maestro Tosan [ Tung San, 807-869 ] << Él es yo, pero yo no soy él >>